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TENDENCIAS
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Pero el sentido común nos enseña que las soluciones solo pueden
encontrarse a través de un debate social y político profundo, y que Las redes sociales no son
los medios de comunicación son esenciales para mantenerlo vivo.
Aquí no valen las cámaras de eco, ese entorno digital en el que solo el problema per se: lo es
recibimos los mensajes que nos interesan y que refuerzan nuestras
convicciones. Como en cualquier reunión de la más humilde comu- que siendo tan poderosas
nidad de vecinos, y en aras del bien común, hay que escuchar, dis- y globales, no acaten las
cutir y alcanzar acuerdos, que nunca serán cien por cien de nuestro
gusto. Afirma el filósofo Michael Sandel que para afrontar al des- reglas del juego que hemos
contento democrático que se extiende por el mundo hay que pres-
tar atención a la erosión de los espacios públicos. La sociedad civil pactado entre todos.
necesita lugares donde gente de distintos orígenes socioeconómi-
cos y culturales puedan interactuar: bibliotecas, polideportivos,
parques, actos cívicos. Así se forjan lazos que refuerzan la comu-
nidad por encima de las diferencias. “La democracia no necesita
una igualdad perfecta, pero sí que los ciudadanos y las ciudadanas
de contextos diferentes se encuentren, que interactúen en su vida
cotidiana”, dice Sandel, y siempre he creído que lo que daba senti-
do a nuestro trabajo en los medios de comunicación era ampliar ese
espacio de debate común y diverso.
Verdad o mentira
En los últimos años, la proliferación de bulos y fake news -de nue-
vo, espoleados por intereses comerciales o políticos-, sumado a la
creciente polarización de los discursos públicos, ha provocado un
efecto tóxico: el alejamiento cada vez mayor de muchos ciudadanos
de las noticias. El último informe sobre periodismo digital del Insti-
tuto Reuters -patrocinado por Google- constata que en España hay
un 37% de ciudadanos que ni consultan habitualmente las noticias
ni tienen interés en hacerlo. Son los nuevos ‘ninis’, y el fenómeno
es global: afecta a un 40% de toda la población mundial. Lo que no
para de subir, hasta alcanzar casi al 60% de la población, es la in-
quietud por diferenciar entre noticias falsas y veraces. La preocu-
pación se dispara ahora que la IA se extiende a vídeos, audio y
fotografías donde resulta muy difícil discernir la manipulación. Los
chatbots con los que interaccionamos cada vez más, a los que
puedes pedir desde un resumen de las noticias del día a consejos
sobre una ruptura sentimental, contribuyen a difuminar un pilar
fundamental del periodismo: quién dice qué, quién lo contrasta,
quién se hace responsable de esa información. La atribución es una
pieza angular del periodismo tal y como lo entendemos. Las opinio-
nes son libres, pero los datos son sagrados.
Si creemos que una opinión pública bien informada es condición
necesaria para una democracia fuerte, y si convenimos en que el
periodismo es una pieza medular en su construcción, ¿cómo evitar
el desaliento? ¿Es reversible la pérdida de influencia de los medios
tradicionales y sus redacciones profesionales, primera línea de
combate contra los bulos y la desinformación? ¿Debemos rendirnos
ante la evidencia algorítmica de que un scroll infinito de vídeos
divertidos, zascas y confabulaciones fantásticas sustituye a una
apuesta informativa profesional?
Tener una conexión permanente a internet con acceso a infinitas
fuentes de información no nos hace estar mejor informados, de la
misma forma que hacer selfies con filtro no nos convierte en fotó-
grafos, ni paliamos la soledad por muchos amigos que tengamos
en Facebook. Sí es cierto que hemos asumido una responsabilidad
inesperada: ahora, todos tenemos la posibilidad de transmitir y
compartir información, y todos somos influencers en nuestro entor-
no familiar y laboral. Así circulan muchos bulos: cómo no vas a
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